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El régimen de los sentidos (Segunda parte)

Por: Juan Camilo Vergara

Ya examinamos cómo los sentidos de los ciudadanos en la Unión Soviética y en la Rusia contemporánea estuvieron sujetos a los mismos cambios que se vivieron en la política y economía; de qué manera los colores se han constituido inconscientemente en uno de los síntomas de una nueva vida tras la caída del muro de Berlín, con todo lo bueno y lo malo que esto trajo. Concentrados como estábamos con el sentido de la vista, se nos olvidó que los sonidos y olores de la época soviética eran también bastante distintos de los de hoy en día, pues oído y olfato respondían a otros ‘modelos’. En los proyectos del partido comunista la ciudad debía sonar como el progreso.

Ustedes dirán que el progreso no suena específicamente a algo y que su definición podría tener mil significados. Sin embargo, el ruido de las máquinas, el repetitivo golpear de un martillo sobre el metal, la aguda vibración de una planta eléctrica… para el partido todo eso representaba el progreso de la clase obrera. Ese era el sonido de su libertad, el de la construcción de un nuevo mundo en el que el humo de las fábricas esparciera la revolución social sobre toda la tierra. Por qué no construir entonces enormes industrias dentro de Leningrado misma, hacerle oír a sus ciudadanos bajo qué implacable ritmo se construye un tanque de guerra o un tractor. Después de todo, ¿qué mejor monumento, qué mejor símbolo para un país en plena industrialización forzada que una fábrica? Y si por alguna razón la gente no podía oír el ruido de la industria, ahí estaban los megáfonos por medio de los cuales una voz recordaba a los camaradas que debían celebrar felices la victoriosa revolución.

¿Y qué decir de los olores? Los que vivieron en la Unión Soviética todavía recuerdan que en ese sentido, la ciudad también era otra. Basta preguntarles acerca de uno de estos temas para que, de repente, retornen a su mente un sinfín de recuerdos atorados por la pavura con la que vieron cómo se desintegraba el imperio soviético. Algunos conservan el recuerdo del olor de las tiendas cuando llegaban luego de hacer fila en la calle y entraban a esas despensas que expedían un aroma a papel viejo y madera podrida; el mismo tufo mohoso que expide un libro antiguo y que puede hace arder los ojos. A algunos todavía no se les ha borrado de la mente el olor dulzón a alcohol regado sobre los estantes. Esos menjurjes pegados sobre el vidrio que duraban días hasta que alguien los limpiaba con un trapo mojado y mugriento, y cuyo aroma se sumaba al de la carne o al del pescado ahumado. Pero sobre todos estos olores reinaba el del jabón. Ustedes pensarán aliviados que entonces no todo era tan grave, salvo que no me estoy refiriendo al del Woolite, Vanish o Ariel de nuestros días: el soviético nunca olió nuestros detergentes. Me refiero a esas barras azules que el gobierno de vez en cuando le daba a la gente, fabricadas ante todo para limpiar y no para perfumar. 

Otros no han logrado olvidar el olor de las estaciones de tren, pero a mí me cuesta creer que fuera peor que el actual. No les hablo de las grandes estaciones citadinas, sino de las pequeñas estacioncitas de cercanías perfumadas por un tipo de baño público que todavía se ve en provincia. Esos baños ‘a la turca’ que marcan olfativamente el territorio de las vías férreas, es decir un hueco en el piso y a cielo abierto.

¿Y los sabores? Curiosamente, en Rusia todos están de acuerdo en que en esos años la calidad de la comida era mil veces superior. Cosa que no es difícil de imaginar después de haber probado manzanas que saben a tomate y un pan agrio de esos que le secan a uno la garganta durante horas. En la Unión Soviética los productos llegaban frescos a la ciudad. La gente lamenta la desaparición de los helados rusos, famosos en toda Europa del este, y la asumen como otra prueba de que no solo los tanques del pacto de Varsovia marcaron esa época. Hay quienes cuentan que su recuerdo más grato de infancia es el de haber visto llegar diariamente los tanques de la leche. Recordar a sus madres yendo a llenar las botellas cada mañana con esa leche espumosa que terminaba inevitablemente regada en el piso, haciendo las delicias de muchos niños en la Rusia comunista.

Pero Rusia ya es otro país, aunque todavía se aprecien algunas pinceladas de lo que fue la Unión Soviética. El sonido de las fábricas ha sido expulsado de la ciudad hacia las zonas industriales. Aunque afortunadamente los megáfonos todavía no han sido recuperados por las huestes del Señor Putin para recordarle a los rusos lo alegres que deberían sentirse por vivir en tan pura democracia, infortunadamente están las señoras con megáfono en mano que venden paseos turísticos a los extranjeros, convencidas de que amplificar sus gritos con esas máquinas es una práctica mundialmente reconocida.

Si bien las oficinas, donde antes se acumulaba el pesado papeleo burocrático de la Unión Soviética, ya no huelen a cigarrillo sin filtro y los autobuses construidos en Bielorrusia ya no huelen al caucho que mareaba a sus usuarios, nuevos sonidos y olores desconocidos han hecho su entrada en la Federación Rusa. Los almacenes ahora tienen su propio perfume, los supermercados ponen música y en las estaciones de metro los vendedores ambulantes pretenden conquistar el espacio con música estridente, como si una represa de sentidos hubiese explotado en los años 90 y siguiera inundando nuestros dias. Pero hay en particular un sonido que debió haberlos marcado en el alma: el del redoblar de las campanas. Las iglesias han vuelto a quemar su incienso y a hacer sonar sus campanas con una intensidad acumulada tras 70 años de silencio.

Lo cierto es que la nueva Rusia tiene otros sonidos y otros olores, pero ese mismo megáfono de la propaganda comunista, que ahora pasa publicidad comercial, sigue haciendo un ruido que ensordece a los rusos y, tal vez, no deja oír sus quejas.

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