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El régimen de los sentidos (Primera parte)

Por: Juan Camilo Vergara

La gente en Rusia suele hablar del régimen soviético de la manera más ambigua que ustedes puedan imaginar. Lo añoran y lo deploran a la vez. Extrañan, por ejemplo, la autoritaria igualdad que imponía que todos fueran por un mismo camino, sin importar que fuera bueno o malo, pues la gente entonces no sufría con la incesante competencia de hoy en día. Si bien el sistema vivía en guerra casi continua contra su propia sociedad, le tenía garantizada educación, salud, pensiones… Garantizaba un futuro, aunque suene paradójico. 

En la Rusia contemporánea, las cosas han ido cambiando a una velocidad vertiginosa, aunque sobrevivan algunos vestigios propios del sistema soviético en la política y en otras esferas de la economía o la sociedad. Uno podría hacer una lista enorme de lo que hubo y ya no existe, de lo que surgió después del desmoronamiento del imperio, de aquellas cosas que se niegan a desaparecer. Sin embargo, y aunque el mundo ya haya pasado la página de la Unión Soviética — ese sistema que se instaló en este país durante 70 años y que hoy en día resulte prácticamente desconocido para nosotros—, aquí la gente sigue queriendo saber qué significa ser ruso y cuál es la razón de existir de este país.

En otras palabras, los ciudadanos soviéticos tenían una vida muy distinta que la que llevan los rusos del siglo XXI. En los tiempos de Lenin, Stalin, Kruschev o Gorbachov, el régimen comunista no solo intervenía en el orden político del país o en su vida económica, sino que regía la vida cotidiana de sus ciudadanos. Sin embargo, muchos reducen lo que se vivió en estas tierras a un mero periodo político, sin entender que la vida misma de la gente era distinta: en la Unión Soviética se olían otras cosas, se degustaban otros sabores, se oían otros sonidos y se veían otros colores.

Esto puede apreciarse en la ciudad de San Petersburgo, pues durante los años del régimen comunista dominaban las fachadas grisáceas que escondían lo que alguna vez fue un azul o un verde típico de los tiempos zaristas. Los suntuosos frontones y las estatuas de los antiguos palacios apenas se distinguían debido a la erosión y caían a pedazos sin remedio. Cuando por fin el gobierno decidía que era hora de pintar alguna calle, untaban los muros con el mismo rojo de la bandera soviética o con ese amarillo pastel que aún conservan algunos edificios. Después de todo, esos colores le permitían sumergir a la ciudad en un mismo tono monótono, a semejanza de la sociedad que intentaban inventar.

Al mismo tiempo, en los suburbios, comenzaban a aparecer los edificios constructivistas que tanta influencia tendrían luego en el mundo entero, aquellos bloques de concreto de siete pisos, exactamente iguales unos a otros y diseñados para que la vida de la gente transcurriera en un único barrio. Cada uno con la misma cafetería, el mismo mercado, el mismo parque, como si a alguien en el Kremlin se le hubiera ido la mano con las fotocopias…

Con el fin de la Unión Soviética, no solo ha nacido una economía de mercado en Petersburgo, sino que hasta los sentidos de la gente han cambiado; nuevos colores han aparecido intempestivamente. Algunos edificios se vistieron de rosado pastel, otros descubrieron el verde que habían olvidado y algunos azules han venido batallando por imponerse en las calles recién restauradas. Si pudieran oír los debates y las discusiones que se llevan a cabo en esta ciudad con respecto a estos nuevos colores, entenderían hasta qué punto los sentidos del petersburgués también han tenido que adaptarse y dejar atrás los tiempos soviéticos.

La gente se queja de que Leningrado era más verde que Petersburgo, que las aguas del río Neva eran más azules, pero uno ya no sabe si esas palabras vienen de la nostalgia o de la realidad. Lo que sí es cierto es que hoy en día existe una anarquía total de colores que revela implícitamente lo gris que llegó a ser para la gente la ciudad. A veces, frente a un edificio vino tinto o azul chillón, uno supone que quien eligió el tono de la pintura estaba con gafas para el sol o quería vengarse a toda costa de la retina de alguien. 

Si bien el cambio de régimen en Rusia ha traído consigo nuevas maneras de percibir el mundo, de tocarlo, de oírlo y hasta de olerlo, hay cosas que ni el más aplicado de los seres ha podido cambiar: ese terracota inconfundible del granito petersburgués, esa interminable fila de piedras pulidas que recubre sus orillas, que decora canales y ríos brillando bajo la interminable llovizna de estas latitudes, que sirven de consuelo a toda la ciudad.

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