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Maquiavelo, obrar como la zorra y el león

historia maquiavelo Nov 07, 2020

Por: Fernando Galindo

En medio de las guerras y las incertidumbres, en la arena donde combatían sin descanso un centenar de poderes, el Renacimiento ofreció a la posteridad uno de los momentos más esplendorosos en el arte y el intelecto. Aprendices en un principio de la cultura greco latina, pronto los grandes intelectuales se dieron a la tarea de imitar a los maestros del pasado, para más tarde mirarlos cara a cara e intentar ir más allá. Los humanistas aceptaron la misión que conservar los mensajes de las escrituras católicas, renovados, sin embargo, bajo los estilos que ahora estaban aprendiendo, los estilos que provenían del paganismo.

 

A lo largo de su vida Maquiavelo (1469-1527) tuvo la oportunidad de estudiar diferentes escenarios, laboratorios si  se quiere, donde se implementaba distintas políticas. Italia era una colcha de retazos, había principados, monarquías, repúblicas y teocracias, en medio de un puñado de familias que ostentaban recursos inimaginables y ambiciones desmedidas. La Florencia de Maquiavelo era sinónima del poderío de los Medici. El gran Cosme había dejado su huella en cada puente de la ciudad. En el horizonte se conseguía ver las grandes hazañas que patrocinó la familia. La belleza que alentaban rondaba como una impronta del poder. Después de Cosme, la siguiente gran figura fue Lorenzo el Magnífico. Desde su muerte el destino de Florencia andaría por distintos rumbos: conoció la más férrea teocracia de la mano de los discursos de Savonarola y estableció la más ingenua de las repúblicas con Soderini. Estudioso como quien más de la verdadera política, no de las discusiones de los intelectuales en las universidades, Maquiavelo fue canciller y diplomático: viajó a Francia, habló con el emperador del Sacro Imperio, conoció a César Borgia, y en sus cartas se permitía asomar algunas de las máximas y de las reflexiones que llegaran hasta su obra inmortal, El príncipe. 

Su trabajo en la república florentina no sentó bien cuando llegaron los Medici. Durante su exilio se dedicó a los trabajos artesanales y a la compañía de los campesinos, en las noches, con discreción, entraba a su recinto sagrado y de la mano de los grandes libros se entregó a dialogar con la historia. Escribió El príncipe como fruto de estas lecturas y de la experiencia como canciller. Conquistó el favor de la familia no con su análisis político, sino con su sarcasmo como comediante en La Mandrágora. En Florencia de nuevo se dedicó a realizar su última gran obra, la historia de su ciudad.

A diferencia de los pensadores políticos del pasado, Maquiavelo elabora una disrupción: la ética del gobernante no puede ser la ética de la persona del común. En sus manos cabe una responsabilidad muy grande como para tener los simples remordimientos y seguir las indicaciones que siguen los demás mortales. Príncipe, debe hacer todo cuanto esté en su poder. Fingir parecer bueno, pero tener la libertad de obrar con maldad cuando la situación lo exija. Tener aliados provisionales, administrar con excelencia los recursos militares, cuidar y controlar a su pueblo en una tensión hecha por amor y temor. Saber la historia y conocer los remedios y las enfermedades que antes ha mostrado el pasado. Elaborar la simulación más fina para lucir de una manera, de la manera más conveniente a los ojos de los demás, y obrar con sigilo y cuidado para preservar su poder, para prolongar su principado.  Ser arriesgado, valiente, obrar con la ira del León cuando así convenga, obrar con la astucia de la zorra cuando se necesite.

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