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El bicentenario de la caída de Napoleón

Parece ser que últimamente está de moda festejar bicentenarios. Primero vivimos con orgullo el bicentenario de las independencias americanas, luego el mundo recordó la fundación del imperio francés y, meses después, en el 2012, se conmemoró la batalla de Borodino entre Napoleón y el zar Alejandro I a pocos kilómetros de Moscú. Ustedes pensarán que se trata de una simple coincidencia, que uno siempre puede encontrar la ocasión para celebrar un bicentenario, pero tantos jubileos tienen una cosa en común, un personaje de armas tomar, de esos que rara vez aparecen sobre la faz de la tierra, conocido por algunos como Buonaparte, el ogro de Ajaccio, el pequeño Cabo y, a menudo, como Napoleón Bonaparte.

 

Pues bien, en ese año del 2012 los rusos estuvieron muy contentos y orgullosos de festejar, el haberle dado una lección a Napoleón que nunca pudo olvidar y que fue la causa de su caída. Esto es lo que suele pasar con aquellos personajes europeos que fatídicamente deciden declararle la guerra a Rusia. Fueron 200 años de una victoria en la que Moscú, la capital espiritual de Rusia, fue incendiada y saqueada, haciendo que el pueblo se levantara en armas contra el invasor. De ahí que el poeta Pushkin escribiera en alguna ocasión que Moscú nunca quiso rendirse: “y lejos de dejarse manosear, preparó su propia hoguera, pues el fuego que bajo la ceniza se incubaba, estalló con siniestro resplandor, ante los ojos sorprendidos del vencedor”.

Se trata de una de tantas guerras en la que los rusos lo sacrificaron todo para lograr la victoria; una victoria que los llevaría de las boscosas colinas de Borodino, por toda la estepa rusa, Polonia y Alemania, hasta los bulevares palpitantes de París, que vieron entrar al son del clarín los cosacos del Don y la guardia imperial de Alejandro I de Rusia.

En Rusia, el bicentenario no fue un evento cualquiera. Al contrario, fue un momento central para su historia e imaginario colectivo; de ahí que a este conflicto se le conozca como la Primera Gran Guerra Patriótica. Algunos rusos estuvieron listos desde meses atrás paras asistir a las conferencias sobre Borodino, otros hicieron largas filas para conseguir entradas a las exposiciones sobre la guerra y, los más circunspectos, empezaron a analizar cómo el Estado se servía de ese evento para redorar su blasón. Sea como fuere, se vieron varias manifestaciones que llamaron la atención del público, como la reproducción de la batalla de Borodino con cientos y cientos de actores y voluntarios, vestidos de soldados rusos o franceses, con cañones, cuarteles generales y carrozas; en fin, un caos que parecía más una juerga de aficionados que una batalla napoleónica.

Otros, como la estación de radio la Voz de Rusia, decidieron revivir de manera original la campaña napoleónica. Por eso se les ocurrió narrar, como si se tratara de un partido de futbol, el día a día de la guerra. Cada mañana iban contando la historia del avance de las tropas francesas, al mejor estilo de un boletín de última hora, con informes sobre el clima, las noticias internacionales y las pérdidas en vidas humanas. Otros, más aguerridos, tenían preparada una travesía a caballo para recorrer los 4000 kilómetros que separan a Moscú de París. Los participantes debían usar las mismas monturas de los jinetes del río Don, los famosos cosacos que fueron la pesadilla de la Grande Armée en su retirada de las tierras rusas.

Incluso, al final del año, el patriarca de Moscú celebró una gran misa en la catedral del Cristo Salvador, construida a finales del siglo XIX para conmemorar la victoria sobre Napoleón. Esa misma noche, el teatro Bolshoi fue la sede de una celebración con la pompa de un país que todavía se aferra decididamente a su pasado para avanzar hacia el futuro. Durante todos esos meses, se vio a Rusia festejar su histórica victoria mientras la travesía a caballo desde París a Moscú se iba internando en la estepa euroasiática. Esa estepa plana, misteriosa y terriblemente profunda que conquistó los corazones de Tolstoi, Dostoievski, Chejov y muchos más.

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