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Shostakovich: los sonidos de lo indecible

Shostakovich: los sonidos de lo indecible

Por: Daniela Peña Jaramillo

Ni el hambre, la angustia, el duelo, la aniquilación de la libertad, ni tantos de los putrefactos frutos del totalitarismo, lograron doblegar el espíritu de Dmitri Shostakovich. Las huellas quedaron, pero en manos del compositor se convirtieron en himnos, por fuerza silenciosos, que narrarían la historia de un pueblo que logró sobrevivir al terror, a la vida sin arte, a la vida sin vida.

Shostakovich fue testigo de la Revolución, vivió los años del terror soviético y, como pocos, sobrevivió al asedio de Leningrado. Durante estas décadas dedicó su ingenio y su poética a traducir los sonidos de la guerra y los silencios del miedo a un lenguaje que, a pesar de ser desconocido por muchos, era entendido por todos, para fortuna y desgracia del compositor. Desde su Sinfonía No. 4 había retratado los tiempos crueles que viviría por algunas décadas el pueblo soviético, pero su temor por la reacción del régimen, luego del ataque a su ópera Lady Macbeth de Mtsensk, hizo que su estreno solo se realizara tras la muerte de Stalin. Con la quinta sinfonía logró despistar a la censura y son bien conocidas las desafortunadas alabanzas que el tirano hizo a propósito de la Sinfonía No. 7 Leningrado, tras la derrota del nazismo. Shostakovich sentía el dolor del pueblo y había hablado por éste; ahora era momento de hablar por él, de hablar de su historia.

Era verano y habían pasado ya siete años desde la muerte del lider Iósif Stalin; Shostakovich se encontraba en Dresde escribiendo la música para una película sobre el bombardeo que había destruído la ciudad en 1945. Los testimonios de los sobrevivientes causaron un gran impacto en el compositor, pues recordar las imágenes de desolación, frío y duelo eran inevitables; este fue el inicio de su Cuarteto de cuerdas No. 8 que parece, aunque no hay total certeza, estar dedicado a las víctimas de la guerra y del fascismo.

A pesar de haber sido sancionado, humillado y censurado y aunque la muerte del líder soviético supuso una cuota de libertad para el compositor, los fantasmas de décadas anteriores hicieron que éste se viera presionado en junio de 1960, un mes antes de la composición del cuarteto, a unirse a dicho partido, no sin sentir un gran remordimiento que, según su amigo Lev Lebendinsky, llegó a materializarse en deseos de provocarse la muerte; la obra pretendía ser la última, su despedida, su testamento.

El Cuarteto No. 8 no escapa entonces a los efectos que un gobierno totalitario logra estampar en la vida de los ciudadanos; su escueto nombre no hace justicia a la profunda introspección que hace sobre el espíritu del compositor, hijo, claro está de los desgraciados tiempos en que vivió y que impregnaron a Shostakovich de un nerviosismo y una zozobra, que no pasarían desapercibidos en su música.

En una carta escrita a su amigo Isaak Glikman, Shostakovich asegura que ”como nadie escribirá ninguna pieza en mi honor cuando muera, más vale que la escriba yo mismo”. El cuarteto parece un retrato del espíritu del compositor; las numerosas citas que hace sobre sus propios trabajos y los elementos que introduce sobre otros contextos, como el del pueblo judío en el segundo movimiento, explican una mirada al interior a partir de la interacción con lo ajeno. Además, la pieza está construida a partir de la traducción de su nombre (escrito en alemán Dmitri Schostakovich) en sonidos musicales: D-S-C-H (re-mib-do-si); estas son las primeras notas que se escuchan.

“El cuarteto usa también temas de algunas de mis propias composiciones y la canción revolucionaria Zamuchen tyazholoy nevolyey (Atormentados por la penosa servidumbre). Los temas de mis obras son los siguientes: de la Sinfonía No. 1, la Sinfonía No. 8, el Trío [para violín violonchelo y piano No. 2], el Concierto para violonchelo y orquesta y Lady Macbeth (…) La pseudo-tragedia del cuarteto es tal que, mientras la componía, derramé lágrimas, como si fuera orina después de media docena de cervezas.” (De la carta a Glikman, en 1960)

Aunque mermada de profundidad por la analogía con los efectos fisiológicos del alcohol, la tragedia que expresa este cuarteto se explaya cada vez más para quien lo escucha. El carácter trágico y autobiográfico, además de la autocitación, se entrevé en elementos como la indicación poco espressivo en pasajes naturalmente expresivos, en donde la intuición del intérprete se ve truncada, así como se veían truncados el pensamiento y la creación en la era de Stalin. El Cuarteto No. 8 cuenta entonces una historia de represión colectiva y personal que narra la tragedia del pueblo ruso a través del arte poética de un individuo que nunca logró ser callado; la inquietud en su estructura (pues debe ser interpretado sin pausas entre los movimientos) es la inquietud de una víctima que habla por todos aquellos que no pudieron descansar de los tormentos de la tiranía.

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