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Con Roberto Bolaño, 17 años después

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Con Roberto Bolaño, 17 años después

Con Roberto Bolaño, 17 años después

Para Carmen P De Vega.

El 15 de julio del 2020 se cumplieron 17 años de la muerte de Bolaño.

Yo estaba en París, me contó la noticia Román, un amigo mexicano. Lector voraz. Yo tenía 23 años. Bolaño 50. Era el verano.

A Román, mexicano, lo mataron después en un entrometido tiroteo dos años después en Ciudad Juárez. Como en una retro-pos-figuración de 2666. Lejos estaba yo de presentir los laberintos marinos de esta obra cumbre, no-borrascosa, incandescente. En esta noche (sinfortuna), en la que (me) escribo a manera de TRES/de Diario extimo, como un collage misterioso salido de las pesadillas de Mario Santiago, (expuestos a plena luz por Laura Jaramillo), vuelve a mí este recuerdo. Yo estaba en París, en los vados del Sena, entre tambores del final de la tarde y sonoras batucadas. Con mis amigos de la Cité universitaire, hablábamos de naderías, de los planes del verano, que para mí habían iniciado en la Isla de Bréhat, en Bretaña, rodeado de los fantasmas de Ernest Rénan y en los acantilados tempestuosos. Me sentía una naturaleza muerta, haciendo una tesis de estudios latinoaméricanos sobre el pacífico negro de Colombia y México. Aún no había leído a Bolaño. Unos días después, mé voilà en Barcelona, ciudad, región adoptiva de Bolaño. La recorrí por primera vez y me dejé llevar por la oscuridad del barrio gótico (en ese entonces no había tanto turismo ni show bussines). Empecé a leer a Bolaño, en desorden, en fragmentos, en retazos de una edición pirata que vaya a saber uno quien armó, de poemas, de cuentos, de fragmentos de novelas, de declaraciones, de discursos.

“Te regalaré un abismo (dijo ella)
pero de tan sutil manera que solo lo percibirás
cuando hayan pasado muchos años
y estés lejos de México y de mí.

Cuando más lo necesites lo descubrirás
y ese no será
el final feliz
pero si un instante de vacío y de felicidad

y tal vez entonces te acuerdes de mí
aunque no mucho.”
En mi walkman/discman,- uno y otro aún me acompañaban (si, ¡soy ochentero!)-, que había llevado a Europa en mi primer viaje de iniciación (o más bien el segundo, el primero había sido en Argentina a los 16 años, pero esa es otra historia…), escuchaba echoes de PInk Floyd:

“And no one called us to the land
And no one knows the where’s or why’s
Something stirs and something tries
Starts to climb toward the light…”

Sin saber que era una de los temas esenciales de Bolaño que luego apunté como epílogo en mi tesis de Doctorado en la Universidad París 8, curiosa universidad desconocida. Sin saber que un año después me esperaba una visión, una experiencia salvaje, como salida de Los detectives salvajes, ultra-erotismo en las ruinas de Pompeya. ¡Ay C.F! Iba muriendo pues Bolaño y su obra se iba haciendo inmortal, tras la publicación un año después de 2666. Iba viviendo yo pues a punta de poemas sueltos y de trasegares equivocos:

“Soñé que una tarde golpeaban la puerta de mi casa. Estaba nevando. Yo no tenía estufa ni dinero. Creo que hasta la luz me iban a cortar. ¿Y quién estaba al otro lado de la puerta? Enrique Lihn con una botella de vino, un paquete de comida y un cheque de la Universidad Desconocida.”

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