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La capilla expiatoria de París

Por: Juan Camilo Vergara

Se trata de uno de los monumentos menos conocidos de la ciudad luz, y al mismo tiempo uno de los más bellos que existen en toda Francia. Un ejemplo de delicadeza, estética y de lo que significa el equilibrio entre las proporciones. La capilla expiatoria de París cuenta con un pasado bastante trágico: es en realidad un mausoleo para honrar al rey Luis XVI y la reina María Antonieta, decapitados durante la revolución. Se trata de un edificio con un frontón triangular sostenido por varias columnas, al mejor estilo griego, y un espacio redondeado que curiosamente también tiene forma de cruz. Desde la entrada reluce un piso de mármol verde y blanco fabuloso, sobre el que se siente un aire solemne de paz y tranquilidad, que llevaría a Chateaubriand a escribir que la capilla es el monumento más notable de París.

El edificio se esconde tras el parque Luis XVI, en pleno centro de París, que hace 200 años escogieron por varias razones para construir la capilla. En ese lugar, a pocos pasos de la plaza de la concordia, se encontraba el cementerio de la Magdalena. Cuentan que hacia 1722, los vecinos se quejaban de los olores pestilentes que emanaban del cementerio, al que ya no le cabían más tumbas. Luego, en 1770, el día del matrimonio de Luis XVI con María Antonieta, se organizaron fuegos artificiales en la plaza de la Concordia que produjeron una enorme estampida, con 131 victimas que terminaron enterradas en una fosa común en el mismo cementerio de la Magdalena. Era una coincidencia del destino para una pareja que terminaría guillotinada en esa misma plaza y enterrada en ese mismo cementerio.

Cuando la Revolución ya se había tomado a Francia, varios otros personajes fueron sepultados en ese lugar, además de los reyes. Ahí fue a parar Charlotte Corday, la famosa asesina del revolucionario Marat, al igual que la última favorita de Luis XVI, la condesa de Barry, y que Phillipe Egalité, uno de los grandes aristócratas de Francia y primo de Luis XVI. Fue él quien votó a favor de la decapitación del rey y un año mas tarde perdió a su turno la cabeza. Todos ellos fueron enterrados en este mismo lugar.

Todo cambiaría tras la caída de Napoleón, con el regreso de la monarquía a Francia. Luis XVIII, el hermano del rey decapitado durante la revolución, decidió comprar el cementerio para construir un monumento en honor a su familia. La cenizas de María Antonieta y Luis XVI fueron trasladadas a la basílica de Saint-Denis y pronto empezaron a construir el edificio. En la entrada, todavía se leen claramente las letras L de Luis y M. A. de María Antonieta e incluso, bajo ellas, todavía hay un espacio en el que tenían previsto escribir un epitafio pero, debido a la carga política de la Revolución y de la República, sigue en blanco hasta el día de hoy.

Los corredores que llevan al mausoleo están decorados con pocos signos religiosos, para evitar en ese entonces herir susceptibilidades, y de lado y lado están esculpidas guirnaldas y adormideras, que Morfeo utilizaba en la mitología griega para adormecer a sus víctimas. Solo dos estatuas de rostros trágicos decoran el lugar. La primera es la de Luis XVI, de rodillas, acompañado por un ángel hacia el cielo y, la segunda, es la de María Antonieta siendo recibida por la Virgen María. Pero, sobre todo, lo que más llama la atención son las estelas bajo las estatuas, con textos escritos del puño y letra de los reyes. La de Luis XVI es una parte de su testamento, que escribió poco antes de su muerte y que dice así: “le recomiendo a mi hijo, si alguna vez tiene la desgracia de convertirse en rey, que vele por la felicidad de sus conciudadanos, que olvide todo odio y resentimiento y, sobre todo, aquellos hechos que me causan tanta desgracia. Que un rey no puede hacer respetar las leyes y hacer el bien de todo corazón si no tiene la autoridad necesaria”.

Bajo la estatua de María Antonieta, se lee la última carta que envió desde prisión a la hermana del rey y que Robespierre conservó como un objeto de colección. Dice así: “Te escribo por ultima vez. Acabo de ser condenada, no a una muerte vergonzosa como la que les está reservada a los criminales, sino que voy a seguir los pasos de tu hermano. Soy inocente como él y espero mostrar la misma firmeza que él en sus últimos momentos. Estoy calmada como uno está cuando tiene la conciencia tranquila. Tengo un profundo dolor de abandonar a mis pobres hijos; tu sabes que yo existía única y exclusivamente para ellos”.

Los sistemas políticos que siguieron a la construcción de este monumento no sabían qué hacer con la capilla que no es ni una iglesia, ni un monumento republicano ni tampoco un símbolo de la realeza. Y fue por eso que la municipalidad de París ordenó su destrucción en 1871, pero nadie se atrevió a llevar a cabo la orden. Finalmente, fue catalogada como monumento histórico de Francia; los parisinos y turistas pueden ver todavía la reunión en este lugar de varios grupos monarquitas el 21 de junio, día del reposo eterno de Luis XVI y María Antonieta.

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