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El azúcar del Caribe

Por: María Fernanda Cuevas

El llamado “descubrimiento de América”, que lideró el almirante Cristóbal Colón, comenzó por el Caribe, ya que en 1492 llegó a la isla de las actuales República Dominicana y Haití, cuyo nombre de conquista fue “La Española”. A partir de entonces, los imperios europeos se vieron interesados en el conocimiento y explotación de estos territorios, tanto de la América continental como de la insular. Fue precisamente en las islas del Caribe donde pudieron asentarse europeos distintos a los portugueses y españoles, que habían sido los primeros conquistadores; incursionando en nuevas formas de poblamiento, explotación económica, comercio y dominación política.

La diversidad de europeos que terminaron poblando estos espacios insulares, se impuso sobre las poblaciones indígenas nativas, y, al tiempo que deportó a millones de africanos, hizo del Caribe un crisol cultural único y un espacio de experiencias imperiales múltiples, que dialogó y cuestionó continuamente a las metrópolis europeas que dominaban al otro lado del Océano Atlántico.

La economía de las múltiples islas del Caribe tuvo su mayor auge con el cultivo de caña de azúcar, que comenzó a realizarse desde tiempos de la conquista española. La experiencia de la plantación es una característica común a todas las sociedades caribeñas y hace parte primordial de su historia colonial. Las plantaciones se caracterizaron por el uso extensivo de la tierra para el cultivo de productos agrícolas destinados a la exportación, principalmente, la caña de azúcar; aunque también el índigo, el algodón y el café.

En la península Ibérica se contaba con experiencias anteriores en la explotación azucarera, tanto en Valencia como en Granada, y en islas del Mediterráneo como Chipre y Sicilia. La más determinante fue la incursión en las recién descubiertas islas del Atlántico africano, que eran Madeira y las Canarias, donde portugueses y españoles se establecieron desde principios del siglo XV, incursionando con éxito en la producción de azúcar. Desde estas islas llegó el azúcar al Caribe y al Brasil, para convertirse, paulatinamente, en el centro de sus economías y principal fuente de riqueza de los respectivos imperios.

Una plantación de azúcar

Como el interés primordial de los españoles era la explotación de oro y plata en las Américas, la producción azucarera en Santo Domingo, Cuba y Puerto Rico estuvo medianamente rezagado hasta el siglo XVIII. Mientras tanto, los ingleses, holandeses y franceses desarrollaron la explotación agrícola de sus islas caribeñas durante el siglo XVII, dando lugar a un boom azucarero sin precedentes que hizo del Caribe el epicentro productor de azúcar para el Occidente y que endulzó cada vez más hogares europeos; ya que, para el siglo XVIII, el azúcar dejó de ser un producto suntuoso y excepcional para introducirse de manera cada vez más presente y menos costosa en la dieta de las metrópolis europeas.

Para este período, la colonia de Haití, que se situaba en la parte francesa de la isla de Santo Domingo (actual República Dominicana), se convirtió en la mayor productora de azúcar del mundo y en la mayor fuente de riqueza del imperio francés. Lugar que detentó hasta el año de 1791 cuando inició su proceso de independencia, que concluyó en 1804, convirtiéndose en una república independiente y en la primera en declarar la abolición de la esclavitud. Le sucedieron Cuba y Brasil en la producción azucarera, durante el siglo XIX.

Precisamente, la mano de obra que se utilizó a lo largo del Caribe para la producción agrícola fue la de esclavos traídos desde el África subsahariana, cuya demanda se incrementó a partir del siglo XVII y llegó a multiplicarse en el siglo siguiente. Así pues, otro factor fundamental para comprender la historia colonial del Caribe es la importación masiva de africanos entre 1519 y 1867, que transformó su composición demográfica y cultural para siempre.

El tráfico esclavista resultó ser un negocio particularmente rentable que vino a suplir la necesidad de trabajadores para la explotación de las riquezas naturales caribeñas y que se presentó como alternativa a la escasa población indígena con la que contaba el Caribe, disminuida especialmente por las enfermedades que trajeron los europeos, que diezmaron a los nativos. Para finales del siglo XVIII la población esclava de estos territorios oscilaba entre el 40 y el 70% según cada isla. En el caso especial de Haití, esta colonia llegó a contar con un 85% de población esclava, frente a un 8% de colonos (de ascendencia europea) y un 6% de “libres de color”.

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